miércoles, 28 de octubre de 2009

L. (IV)

El dormitorio de L. era amplio y cómodo. Tenía una cama grande, y delante una ventana que daba a la calle.

La dejé en el centro de la estancia, y le dije que se quitase el antifaz, y que se desnudase. L. así lo hizo, dejándose puesto el collar y sus zapatos de tacón.

"Bien zorra, vamos a ver qué tienes entre tus cosas". Y me acerqué al armario, abriéndolo de par en par. A L. le gustaba vestir bien y su ropa estaba perfectamente ordenada. Rebusqué un poco hasta hallar lo que buscaba: un par de cinturones finos.

Me dirigí a la cómoda, donde supuse que estaba su ropa interior. Me entretuve en revolver un poco, tirando alguna por el suelo, hasta encontrar unos sujetadores muy finos, un par, que también cogí.

Por último, fui a la mesa de noche, al lado de su cama, donde sabía que L. guardaba algunos consoladores.

"Bien zorra, ven aquí, túmbate en la cama". L. se tumbó en su cama, boca arriba. Le acomodé unas almohadas, para que su cabeza y su cuerpo estuviesen ligeramente levantados.

"Abre las piernas". L. me obedeció, y yo metí mis dedos en su coño y estiré el cordel de las bolas, despacio. Fueron saliendo poco a poco, completamente mojadas. A L. se le escapaba algún gemido mientras lo hacía. "Cállate zorra". "Si, amo". Y seguí sacando las bolas despacio, tocando de vez en cuando el clítoris de L., que hacía esfuerzos por no gemir.

Me acerqué a donde estaba la ropa interior que L. se había quitado y cogí sus bragas, que olían a su coño de zorra.

"Abre la boca". Le metí sus bragas en la boca, para que pudiese saborear sus propios jugos. Y le acerqué uno de los consoladores.

Me alejé de la cama y coloqué una silla en el pie de la cama, frente a ella. Además, abrí las cortinas de la ventana, y volví a la silla y me senté, de espaldas a la ventana. De esta manera, se podía ver a L. perfectamente desde la calle.

"Bien zorra, ahora quiero que me demuestres lo puta que eres. Quiero que abras bien tus piernas, para que te vea quien quiera. Y que te masturbes con ese consolador. Que lo uses en tu coño, y que también te vayas metiendo algún dedo en el culo de vez en cuando. Pero muy despacio, puta, muy poco a poco. Enséñale a tu amo y a todo el que quiera verte lo puta que eres."

L. comenzó a hacer lo que le había pedido. Me miraba fijamente, sus piernas bien abiertas, su coño brillante y mojado, su olor inundando el dormitorio. Respiraba agitadamente, y emitía una especie de gemidos, atenuados por sus bragas que hacían de mordaza. A veces quería ir más rápido, pero yo le ordenaba que fuese despacio de nuevo.

L. se tensaba, abría su coño, se metía el consolador, tocaba su culo, y me miraba, casi suplicante, deseando que la dejase continuar como quería, que la follase.

Cuando noté que estaba llegando al límite, que su orgasmo se acercaba, intenso, le ordené que parase. "No te toques, zorra"

L. me obedeció, respirando con mucha rapidez y mirándome con un extraordinario deseo. Me levanté y pasé mi mano por su coño, muy, muy despacio... Pude notar su humedad, su calor, sus ganas de correrse.

Y de pronto comencé a azotar su coño con uno de sus cinturones que llevaba en la otra mano. Una vez, y otra vez. Este gesto desencadenó todo el placer que L. tenía acumulado, y llegó a un orgasmo largo, intenso. A pesar de la mordaza se oían sus gemidos de zorra.

A L. en ese momento ya no le importaba nada más. Sólo mantenía sus piernas abiertas, esperando recibir otro latigazo más, y otro más, y otro más. Porque con cada latigazo L. sentía una oleada inmensa de placer, un placer incontenible que salía a borbotones por su coño.

(continuará...)

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