Nos citamos en un hotel céntrico, en una 5ª planta, en una habitación que daba a la calle. Era un edificio modernista de esos que abundan en Barcelona, que los turistas van mirando y fotografiando contínuamente.
L. llegó puntual, y yo ya estaba esperando dentro, sentado en una cómoda butaca, en penumbra. Le dije que se quedase en el centro de la habitación y que se fuese desnudando para mi, poco a poco. Primero su blusa, luego su falda. Llevaba puesto un erótico conjunto de bragas y sujetador que se había comprado especialmente para mi.
Le ordené que recogiese su pelo, de manera que su cuello quedase completamente libre, y que se quitase su collar, anillos y pendientes, pero que dejase sus tacones.
"Toma", le dijé, y le tiré el collar de perra que había comprado para la ocasión. Era de cuero negro, con tachuelas brillantes, ancho. Al ponérselo resaltaba aún más su cuello esbelto y elegante, y el contraste con su piel.
"Ahora, abre la ventana, zorra". L. se dirigió a la ventana, sin rechistar, y la abrió de par en par.
"La cortina también", le ordené. Ella descorrió la cortina, y el sol de la ciudad entró y acarició su cuerpo.
"Bien, acércate a la ventana, que se te vea de la calle". L. se acercó, casi hasta rozar el cristal, y mostró su cuerpo al exterior. Observó como circulaba un río de gente. Cualquiera que pasase por la calle podría verla allí, de pie, casi desnuda. Pero para eso había que levantar la cabeza y fijarse un poco. Había que observar atentamente. Comprobó también que cada cierto tiempo algún turista hacía una foto del edificio.
Y L. se excitó pensando que su imagen, semioculta y discreta, iba a estar viajando por cualquier lugar del mundo, que más adelante, cualquiera, en cualquier lugar, vería aquella mujer desnuda en la ventana, aquella puta obediente a las órdenes de su amo.
"Ahora, zorra, quítate las bragas y el sujetador". L. me miró, un poco desconcertada, pero hizo lo que le ordenaba. Ahora si, su cuerpo se mostraba totalmente desnudo.
"Bien, vas a hacer lo siguiente: quiero que te inclines un poco, de manera que tu cara y tus pechos rocen el cristal. Abre tus piernas y haz tu culo para atrás, de manera que te vea bien, zorra. Eso es. Ahora tócate, muy despacio, quiero que estés mojada, mientras miras hacia la calle, a ver si alguien ve tu cara de puta."
"Y no quiero oirte gemir, zorra"
L. me obedeció, y comenzó a tocarse muy despacio. Podía ver su cuerpo estirado, abierto, sus pechos y su boca abierta por el placer, pegadas al cristal. Movía su mano un poco más rápido cada vez y comenzó a respirar aceleradamente. Hacía esfuerzos por no gemir, y su olor a hembra, a puta, fue invadiendo la habitación.
Me levanté y cerré las cortinas detrás de ella, dejando su culo detrás de la tela. De esta manera, desde la calle se podía ver su cuerpo, su cara y sus tetas. Pero no se me podía ver a mi, que estaba ahora detrás de ella.
"Para", le dije.
Toqué su coño húmedo, muy húmedo, con mis dedos, y llevé un poco de sus jugos hasta su culo. Estaba realmente excitada. Tomé un pequeño consolador anal que llevaba en mi mano y lo introduje en su culo, hasta casi el final. L. gritó un poco, porque no estaba preparada para esto. "Calla, zorra", y le di un fuerte azote en sus nalgas por haberme desobedecido.
"Si, amo", contestó ella. "Qué calles, te he dicho", y volví a azotarla con fuerza. L. aguantó los golpes en silencio.
"Así me gusta, zorra".
L. estaba como yo quería, excitada, humillada, expuesta. Era mi puta, mi zorra. Y me excitaba.
Saqué mi polla y comencé a follarla por el coño, muy despacio. Empujaba su cuerpo, que se pegaba contra el cristal. A través de la cortina podía ver la gente de la calle, y alguien que se paraba a mirar, aquella chica que, con cara desencajada de placer, estaba allí desnuda, mostrando sus pechos pegados a la ventana. Pero L. no veía nada, estaba con los ojos cerrados, disfrutando de mi polla, de la polla de su amo, que la estaba follando, cada vez más rápido.
L. sólo quería que la siguiese follando, mostrarle al mundo lo puta que era y lo que la hacía disfrutar su amo. Y quería que su amo se corriese en ella, completamente, para complacerlo hasta el final.
Yo la follaba cada vez más rápido, y comencé a azotar su culo, a follarla con fuerza, mientras me vaciaba completamente en el coño de mi puta, de mi zorra, de mi esclava.
Mientras lo hacía, L. tuvo un orgasmo intenso, y no pudo reprimir sus gemidos, sus gritos. Ya no le importaba nada, sólo quería disfrutar, sólo quería sentir mi polla, y sentirse mi zorra, mi hembra.
Nos derrumbamos y caímos al suelo exhaustos, agotados por el placer. Empujé a L., y la aparté de mi lado. La dejé allí un rato, tumbada en el suelo, desnuda, recuperando el ritmo de su respiración.
Yo me levanté, me vestí y me fui. Sabiendo que L. siempre sería mía.
(continuará...)
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario